18 junio, 2021

Los pasillos de la Universidad

Por Ramón Claudio Chávez

Por Ramón Claudio Chávez (*)

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El edificio central de la Universidad Nacional del Litoral, tiene un estilo arquitectónico “ecléctico”, reúne elementos del neo renacimiento e influencias de la arquitectura árabe que se instaló en España.

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La Facultad de Derecho tiene su sede en la parte posterior del Rectorado, por la calle Cándido Pujato.

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Después del Cordobazo, en los años 70 el ambiente estudiantil no estuvo exento a la corriente predominante del momento. La discusión entre los “troskos”, “capitalistas”, “revolucionarios” y “reformistas” era moneda corriente.

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Me tocó estudiar en ese tiempo convulsionado de la historia argentina, se respiraba el ambiente en la facultad y también en los claustros.

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Las asambleas estudiantiles se realizaban habitualmente en el aula Alberdi de la Facultad, que tenía un diseño al estilo del Senado Romano; los cánticos y los oradores de las agrupaciones se hacían sentir; el Frente de Agrupaciones Universitarias de Izquierda (Faudi), Integralismo, Franja Morada del Radicalismo, el Movimiento Universitario Peronista (MUP) y la Juventud Universitaria Peronista, el brazo político de Montoneros, discutían las políticas universitarias y la llamada “lucha revolucionaria”.

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Los estudiantes veníamos a cursar las materias, mirábamos el trasparente para ver en qué aula se daba la clase y a ese rumbo nos dirigíamos. De tanto frecuentar la facultad, empezábamos a conocernos, a crear vínculos, a compartir guitarreadas y a disparar de la Policía.

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Los turnos de examen empezaban en febrero, por eso volvíamos muy poco a nuestros hogares distantes.

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A mí, particularmente me agradaba el pasillo lindero al patio de los naranjos, me hacía recordar al pago que siempre se extrañaba. Por allí caminábamos presurosos para llegar a tiempo, con el Pingüino Dalla Costa, que era de un pueblo de Santa Fe, llamado Videla; con Marina Hernández de Paraná, con Fatiga Korol de Apóstoles, con Eduardo Dórsaneo de Santa Fe, Daniel Gross de Alem, y otros compañeros de estudio.

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El profesor Roberto Terán Lomas era titular de la cátedra de Derecho Penal, tenía una oficina llena de libros del tiempo de ñaupa, y varias obras publicadas: Cuando había quilombo, salía al pasillo y gritaba: “¡Ustedes los estudiantes tienen que venir a la Universidad a estudiar, no a hacer lío!”. Por esa y otras frases, era tildado de reaccionario por el movimiento estudiantil.

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No cursé ninguna materia con él, pero leí sus libros y verdaderamente era versado en penal, impecable para definir los tipos de las figuras y su encuadre en el esquema punitivo.

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El mejor profesor de la Facultad era Jorge Mosset Iturraspe; daba Derecho Civil y fue el creador de la Teoría del Daño Moral en el Derecho. Mosset hacía lo contrario de otros profesores, tomaba lista al comienzo de la clase, y no le importaba si te quedabas o no. Los demás tomaban al final para que los estudiantes no se retirasen antes de la conclusión.

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El cursado de la materia te otorgaba la ventaja de conocer al profesor, lo que nosotros denominábamos “sus chinches” -eso tenías que saber en el examen- y en algunos casos también te permitía promocionar.

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Teresita, una morocha muy bella de Goya, Corrientes, sabiendo que Mosset tomaba lista al comienzo venía, cantaba presente, se quedaba 15 minutos y se iba a cursar en el mismo horario Derecho Constitucional. El profesor al ver pasar su escultural figura decía cortésmente: “¡Adiós!”. Al profesor de Derecho Civil parecía no preocuparle la apiolada de la correntina, porque al fin de cuentas, como a todos, la aprobaría o bocharía en el examen final.

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Yo me bancaba con gusto las clases; Mosset era dueño de una oratoria exquisita y un bagaje de conocimientos “que eran música para los oídos”. Recurría con frecuencia para explicar el derecho a ejemplos sencillos de la vida cotidiana, hablando del daño moral expresaba: “¡Qué le pasa a Juan que antes le gustaba mirar los atardeceres y ahora no!” “¿Si en el tren dice Prohibido subir con perros, puedo subir con un león?” “¡El código Penal reprime la violación del hombre contra la mujer; acaso no hay mujeres violadoras. ¡El derecho cambia!”

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En un ambiente lleno de gente joven, lleno de política, era inevitable el bullicio, las frases lanzadas a viva voz o los cánticos partidarios; no era así en la biblioteca. La Facultad tenía una biblioteca amplísima donde concurríamos a leer los que no podíamos comprar los libros, allí era obligatoria la lectura en voz baja, el silencio era total, como para permitir escuchar el vuelo de una hoja.

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Preparar las materias para rendir era como el estribillo de la canción “Traicionero” de La Beriso: “¡Cuántas noches de gira/ Días lleno de melancolía…/ Cuántas noches de victoria/ que al otro día eran derrotas!”.

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De tanto andar por “los pasillos de la Universidad” y entender que, para poder ganar, tenés que aprender a perder primero en la mesa examinadora, vas logrando fortaleza, razonás tus conocimientos y luchás para obtener la victoria.

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También tenía mis propias cábalas, llegaba a las mesas de exámenes sin medias aunque hiciera frío, traía solamente el Código, no traía apuntes, cantaba en el colectivo “Costera, Mi Costerita” de Orlando Vera Cruz. Si el día anterior había un partido de fútbol en la cancha de Colón o en Rosario, iba a verlo siempre.

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Ya sobre el final de mi carrera rendía antes que yo un alumno de apellido Crespo. Era entrerriano y tenía más de 30 años. Concurría a la mesa con traje impecable, camisa blanca y corbata azul o roja; Crespo no sabía tocar la guitarra, pero guitarreaba de lo lindo en los exámenes. Mientras yo esperaba en capilla mi turno, pensaba “si Crespo sale bien, yo no puedo salir mal”. El tipo hacía un despliegue propio de un actor de teatro, transpiraba y se secaba con un pañuelo. Cuando empezaba con el verso y el profesor le cortaba, inmediatamente cambiaba el libreto; un verdadero artista. Crespo salió bien ocho veces antes que yo y yo ocho veces después que él, mostrando conocimientos, solvencia y serenidad para lograr la victoria.

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De tanto recorrer los pasillos de la Universidad, llegó el día de rendir la última materia, Derecho Internacional Privado, salí bien me abracé con los pocos amigos que estaban en la sala y luego me senté un rato largo mirando al cielo en la explanada de la Universidad; le agradecí a Dios y me acordé de mi vieja que me dijo: “¡Vos vas a poder, mi hijo!”

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(*) Ideas del Norte.com.ar

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Me tocó estudiar en ese tiempo convulsionado de la historia argentina, se respiraba el ambiente en la facultad y también en los claustros.

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En un ambiente lleno de gente joven, lleno de política, era inevitable el bullicio, las frases lanzadas a viva voz o los cánticos partidarios; no era así en la biblioteca. Allí concurríamos a leer los que no podíamos comprar los libros.

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